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Volumen 7, Número 93, septiembre 30 de 2007  

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LA FASE ACTUAL



Alberto Híjar *

1. Parece que no queda sino negociar en desventaja. Aquello que Marx llama la subsunción como poder capitalista que todo traga y digiere es determinante principal de los movimientos sociales. Después de terminar El Capital, Marx dedicó el famoso Capítulo VI Inédito a este problema fundamental para transitar al socialismo. Marcos lo dijo en Cañada Honda hace meses: rechacemos a quienes creen que el capitalismo puede ser humanizado. El problema es cómo hacer para contener su enorme capacidad globalizada de represión e inclusión, cómo hacer que la cacareada democracia cumpla lo que evidentemente resulta imposible dentro del capitalismo: la soberanía popular, los derechos humanos, la equidad, la protección y protección del ambiente, en fin, la igualdad, la fraternidad y la libertad que desde 1789 prometió la burguesía.

En memorable carta a Fidel sobre la economía política, el Che comentó en su calidad de Ministro de Industrias de Cuba que hay dos Lenin. Uno es el de El Estado y la Revolución con todo su radicalismo clasista y su final de preferir irse a hacer la revolución y otro es el Lenin de la Nueva Política Económica como plan concreto de construcción del socialismo a partir de las enormes desigualdades en un extenso territorio donde coexisten todos los climas. Igual ocurre con el constante dilema de atender a los radicales mientras los negociadores procuran sacar a los presos de las cárceles, parar la represión, evitar rehenes y secuestros, a sabiendas de que negocian con un Estado que no ha dudado ni dudará en aplicar toda su capacidad de violencia represiva. Pero frente a las situaciones concretas de enfrentamiento entre poderes desiguales, el del Estado y el popular, parece necesario mantener los principios por escrito y en acción y negociar y cabildear en lo inmediato con riesgo de que esto pase de ser una táctica a sustituir la estrategia.

2. Nadie reprocha a Vietnam o a las FARC-EP sostener negociación con el mismísimo imperialismo yanqui y con el Estado colombiano porque jamás depusieron las armas ni licenciaron a sus combatientes. Otra cosa ocurrió con el FSLN al prohibir desde arriba la discusión entre tendencias organizadas como frente, el marxismo como crítica histórica a cambio de promover una ilusoria tercera vía terminada en la corrupción de la lucha de Nicaragua, un país que compite ahora en pobreza extrema con Haití. Mismo final del FMLN firmante en Chapultepec de los Acuerdos de Paz con el entonces comandante Joaquín Villalobos entregando su fusil de combate a Carlos Salinas de Gortari para luego descomponer las organizaciones revolucionarias hasta reducirlas a aparatos electoreros con su buena cuota de reducción y reformismo rampante que ahora propagandiza a Shaffick Handal como ejemplo revolucionario cuando fue todo lo contrario al frente del Partido Comunista Salvadoreño. De Guatemala puede decirse casi lo mismo. La lección histórica es obvia: diálogo y negociación son necesarios siempre y cuando no signifiquen liquidar la lucha armada y sus secuelas civiles y pacíficas en aras del pacifismo electorero.

3. La línea de masas exige la construcción organizativa. La forma partido parece liquidada por la historia al descubrirse el verticalismo y la subordinación relativa de los partidos al Estado. Por algo los financia generosamente el Estado en el capitalismo y les da su cuota de poder legislativo y de gobiernos estatales. Pero a las coordinadoras, frentes, tendencias y polos no les ha ido mejor por el carácter de sus reivindicaciones reducidas al mediano plazo y con él a la vía constitucional o al decreto igual de desmovilizador. Peor es cuando la represión y la toma de rehenes por parte del Estado, obligan a recurrir a la denuncia parlamentaria y a las comisiones de derechos humanos nacionales e internacionales hasta reducir las movilizaciones a su mínima expresión.

Línea de masas y construcción organizativa democrática revolucionaria no sólo no se oponen sino se necesitan dialécticamente. Línea de masas sola moviliza para desmovilizar a la larga y organización que no se proponga como democrática y revolucionaria a ala vez, está destinada a mantener una cúpula que impide todo avance. La democracia revolucionaria acompaña a la asamblea como recurso de discusión y toma de decisiones con la formación de comisiones a partir de la emulación de los mejores, de su destitución y expulsión si fallan, de su calidad sin privilegios y mediante el nombramiento de delegados por comisiones y zonas, puede conducirse la elección de una dirección colectiva donde todo el tiempo se practique la dialéctica entre lo horizontal y lo vertical. La horizontalidad absoluta es imposible porque siempre hay alguien para tomar decisiones y tirar línea sin que se le sancione. La verticalidad es obviamente indeseable. De lo que se trata es articular dialécticamente asamblea, comisiones y dirección.

Todo puede ser simulacro si se pierden de vista dos condiciones históricas:

4.1 La oposición al Estado capitalista con la línea de extinción del Estado como tránsito al socialismo desde ahora. No se trata de esperar la toma del poder y luego vemos, sino proceder al tránsito al socialismo a la manera del FPDT, Los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno articuladas con el EZLN y la APPO. En todos estos casos, no se considera al poder popular como algo dado sino se construye como autonomía relativa al Estado.

4.2 La certeza de que la autogestión y la autonomía no son por sí mismas procesos socialistas, tal como advirtió Marcos también en Cañada Honda. Sólo si tienden a liquidar la propiedad privada sobre los medios de producción, a desarrollar procesos productivos distintos al fordismo, el taylorismo y la toyotización, la autogestión forma trabajadores de nuevo tipo con un proyecto de proletariado. La historia del stajanovismo que en la URSSS fue el modo soviético del taylorismo y la discusión del trabajo voluntario, los estímulos económicos y morales, la planificación y el internacionalismo, son recursos de construcción del tránsito al socialismo usualmente ignorados o despreciados en beneficio del simbolismo voluntarista propio de las escuelas de cuadros rutinarias que ocultan la defensa de la propiedad privada presente, sobre todo, en los pleitos campesinos y en los proyectos de vivienda. Los principios de eficiencia y disciplina han de estar orientados por la destrucción del Estado capitalista o no serán mas que parte de las relaciones capitalistas de producción.

5 La extinción del Estado parece imposible en las paradojas de la globalización por la resistencia contra ella que convoca a defender la soberanía constitucional del Estado pese a su corrupción histórica. Pocos consorcios hay tan corruptos en el mundo como PEMEX, la CFE o lo que resta de Ferrocarriles Nacionales. La reducción al absurdo de esta soberanía ficticia a soberanía de Estado, da sentido a la afirmación de que en México no queda otra que el neocarrancismo como novísimo constitucionalismo. La crítica histórica advierte al respecto la extinción de la soberanía popular y del Estado en la medida del capitalismo globalizado sin contrincante fuerte. En realidad, la afirmación de que la soberanía emana o dimana del pueblo como dice toda Constitución burguesa, siempre ha sido acompañada por un sistema de representaciones donde el pueblo desaparece. Apoyado en estas representaciones, el estado ha simulado la defensa de la soberanía nacional con instituciones de salvaguardia estratégica que también tienen su historia porque lo que ayer era patrimonio nacional irrenunciable, ahora resulta enajenable dentro o fuera del territorio nacional recompuesto por la globalización. Por ejemplo, PEMEX negocia ahora la construcción de una refinería en algún país Centroamericano en cumplimiento del Plan Puebla Panamá, mientras al interior del país ha encontrado formas de contratación para lo que el Frente de Trabajadores de la Energía llama privatización furtiva. Autogestión y autonomía sin consciencia de todo lo anterior, no pasan del comunitarismo autocomplaciente que no afecta al capitalismo.

6 Claro dice el Manifiesto Comunista que los proletarios no tienen patria pero son la única clase con proyecto nacional. El pero puede ser desechado por los antinacionalistas a ultranza, los que creen que todo nacionalismo favorece al Estado capitalista. No es así porque hay diversos nacionalismos: el de la Patria Celestial, la Virgen de Guadalupe y Cristo Rey; el del Estado simulador asociado a la izquierda reformista sacralizadora del cardenismo y el de raíz proletaria nunca precisado porque ha sido subordinado por los nacionalismos otros. El nacionalismo revolucionario exige entrar a la discusión actualizada de Nuestra América de José Martí y del bolivarianismo porque los casos Venezuela, Bolivia y Ecuador plantean un principio de extinción del Estado capitalista sin aparente tránsito al socialismo. Sin embargo la línea de masas crecida sobre todo en Venezuela y Bolivia plantea una especie de nacionalismo revolucionario que tiene que ver con la defensa de la tierra y la apropiación nacional del territorio con el poder de las masas representativas reales de la nación incluyente con participación de los indígenas y de los trabajadores industriales.

La ley del valor, la conversión constante mercancía-dinero-mercancía, es implacable y ante la ausencia de un proyecto económico-político fuerte contra la globalización, tal parece que nada se puede hacer. De aquí la importancia de discutir el ALBA y de impulsar una tendencia de crítica de la economía política con todo lo que esta implica: desde la subsunción del Estado y los reformismos de izquierda a las necesidades impuestas de la globalización, hasta la afectación de la vida cotidiana como impedimento para la formación de cuadros para la extinción del trabajo capitalista. El fantasma que recorre las asambleas actuales de la resistencia popular es el del comunismo tosco, ese que Marx y Engels caracterizan como el opuesto a toda propiedad a cambio de un comunitarismo utópico y urgido de crítica de la economía política. En dos prólogos al Manifiesto Comunista, Engels destaca su preocupación por encontrar vías de penetración de ese comunismo tosco hostil a la teoría y encerrado en sí mismo. El Manifiesto Comunista, no hay que olvidarlo, es la proclama de fundación de la Internacional Comunista. Necesitamos ahora un manifiesto programático orientado en todos y cada uno de sus puntos a la formación de instituciones que garanticen la radicalización de la lucha de largo plazo que ya empezó. Las movilizaciones grandes y chicas están garantizadas por las organizaciones en lucha que por fortuna tienen presencia en lugares estratégicos del territorio nacional. Pero lo que falta es una estrategia de articulación que bien debiera empezar con una especie de escuela de cuadros con pretensiones nacionales que pueda arraigar en una nueva composición del territorio a partir de los problemas concretos de cada lugar. El defecentrismo puede convertirse así en un recurso de organización nacional con información organizada, documentada y renovada constantemente en beneficio de todos y todas y con la discusión ordenada con video-debates y cursos breves para ir poniéndonos de acuerdo


* Alberto Híjar, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México.


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