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Volumen 7, Número 83, enero 23 de 2007  

Organización obrera afiliada a la FEDERACIÓN SINDICAL MUNDIAL

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La clase obrera aprende de su propia experiencia y, ésta, no se improvisa pero, a veces, nos olvidamos de esa experiencia e, incluso, la ignoramos.

Por eso es importante dirigir una mirada hacia nuestras raíces. En 100 años de lucha de clases en México, hemos aprendido que somos parte de una historia con brillo, con sombras, con pocas victorias y muchas derrotas. Ha habido aciertos, también errores, algunos estratégicos otros tácticos.

Pero no hay victorias ni derrotas definitivas. Lo más importante está en el continuo batallar obrero. Un siglo después de la huelga minera de Cananea la lucha de clases en México está vigente y actuante aunque, a veces, pareciera borrosa y oculta.

En este período, lo más grave que nos ha ocurrido es la pérdida de la independencia de clase. La incipiente clase obrera mexicana anunció a la Revolución pero no la comprendió. Aprovechándose de su debilidad política e ideológica, el ala burguesa la enfrentó a los campesinos. Esa política fue seguida del sometimiento, por la vía de la represión y/o la política, a los gobiernos en turno dando lugar a un temprano corporativismo sindical. Salvo honrosas excepciones, esa calamidad la seguimos padeciendo.

La pérdida de la independencia de clase condujo al colaboracionismo. Eso, ha sido motivo de la derrota obrera. Con el afianzamiento del charrismo el movimiento sindical mexicano ha llegado a un estado de postración que se ha prolongado ya durante varias décadas.

El charrismo sindical no es solamente un esquema de venalidad, antidemocracia y corrupción. Se trata de una superestructura económica y política para mantener secuestrados a los trabajadores en sus propias organizaciones, impidiéndoles accionar colectivamente. Peor aún, el charrismo es parte de una estrategia del imperialismo para someter a su contrario histórico. En México, charrismo e imperialismo funcionan indistinguibles. El charrismo es la entrega de los intereses de México al imperialismo.

La política antiobrera del capitalismo ha sido, lamentablemente, exitosa. Hoy, el movimiento sindical mexicano está dividido hasta su pulverización en más de 12 mil sindicatos y sindicatitos, la mayoría fantasmas, y en 3 docenas de centrales y centralitas, todas charras.

El proletariado mexicano de nuestros días tiene una gran fuerza social pero una extrema debilidad política, organizativa e ideológica. Eso ha permitido que el capitalismo se imponga compulsivamente en contra de los intereses de la mayoría. Los gobiernos en turno, descendientes y sucesores de Carranza, proceden contra el interés de la nación. Por ello es que, las grandes conquistas, como la expropiación petrolera y nacionalización eléctrica, tienden a revertirse aceleradamente.

Tratándose de los sectores fundamentales, el derecho de huelga no existe. Mayoritariamente, los derechos laborales han sido conculcados, la jornada de 8 horas no se respeta y, tratándose del salario se ha llegado a niveles lastimosos.

Desde 1976, el salario real está en caída y, para amplios sectores, los niveles salariales de hoy son equiparables a los de hace 100 años. Lo peor, es la obsolescencia de la organización sindical tradicional y el bajo nivel de afiliación existente.

No obstante, en este ciclo centenario hemos logrado importantes avances. El patrimonio más importante ha estado en las aportaciones programáticas, de Flores Magón y Zapata a la Tendencia Democrática. Para el FTE el programa es, precisamente, la referencia básica que expresa a nuestras banderas, el ¿porqué luchamos? El programa, forjado en grandes jornadas de lucha del proletariado mexicano, es lo más importante de nuestro patrimonio colectivo.

Es en torno a nuestro programa obrero que debemos avanzar. Hoy, como hace 100 años están vigentes las tareas políticas de la clase obrera: 1- formular y desarrollar el programa, 2- construir la necesaria organización, y 3- practicar la solidaridad proletaria internacional.

Lo primero que necesitamos es hacer lo que con tanta facilidad se olvida: el trabajo serio en la base. La democracia es solamente una forma que, para llenarla de contenido, requiere de la consecuente práctica política colectiva, organizada y conciente.

La democracia obrera es el asunto crucial del movimiento obrero de México. Sin democracia obrera no es posible ningún cambio de fondo en la nación. Pero la democracia obrera debemos acompañarla de la necesaria independencia de clase, misma que debemos recuperar y hacerla valer como oxígeno para la vida.

En esta perspectiva, es necesaria la reconstrucción y reorganización democrática del movimiento obrero de México con base en 20 sindicatos nacionales de industria, en otras tantas ramas de la producción, que sean la base de la central única de trabajadores.

Los derechos obreros debemos ejercerlos concientes de la componente política del accionar proletario y sus alcances. Es pertinente saber plantear el momento del enfrentamiento pues, el Estado, siempre procede violentamente contra el movimiento obrero.

Muchos retos, proyectos y sueños tenemos por delante. En esta experiencia centenaria, la participación de la izquierda organizada ha sido, en algunos momentos, ejemplar pero, desafortunadamente, casi efímera y, actualmente, inexistente. Hoy está planteado el reto de volver al interior del movimiento y, desde allí, proyectar alternativas avanzadas.

El posmodernismo del imperialismo ha proclamado el fin de la historia y le ha dicho ¡adiós! al proletariado. Pero, no nos hemos ido. Mantenemos, sin embargo, una presencia política reducida, ausentes del debate ideológico, en acciones de resistencia y, a veces, de apatía y claudicación. A pesar de todo, el mundo se mueve por la lucha de clases. Esta, sigue determinando a la historia de nuestros días.

Lo que hoy ocurre en México, en Estados Unidos y en cualquier parte del mundo, es la expresión de la lucha de clases. En nuestro país no debiera haber duda. Después de 100 años es evidente que la experiencia no se improvisa pero, tampoco, se puede dirigir sin conocimiento, sin ideología y sin política clasista.

Los trabajadores mexicanos, con una política unitaria, tenemos el deber de actuar organizadamente en defensa de las conquistas logradas, del patrimonio colectivo social y del interés superior de los pueblos.

Basados en el concepto múltiple de la Revolución debemos levantar con firmeza y convicción las banderas rojas del proletariado en lucha, por nuestros intereses inmediatos e históricos. ¡Hasta la victoria siempre!

¡Vivan 100 años de lucha de clases en México!

¡Proletarios de todos los países, uníos!

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