Volumen 5, Número 66, septiembre 16 de 2005

La oscuridad de las reformas eléctricas

Rusia inmensa

Atanasio Campos Miramontes/Copenhagen


Rusia heredó de la URSS el sistema eléctrico más avanzado del mundo con 341mil Mwh en 1990, la segunda capacidad generadora mundial: cubría una inmensa extensión territorial que abarcaba 11 husos horarios y estaba conectado a los sistemas de distribución eléctrica de los países de Europa Central, Finlandia, Noruega, Turquía, Irán, Mongolia y Corea del Norte. De hecho, la URSS surgió y se desarrolló como proyecto civilizatorio junto con su sistema eléctrico: En 1920, en plena guerra civil, cuando Lenin explicaba los planes de electrificación de la naciente Rusia Soviética y decía que “el comunismo era igual al poder soviético más la electrificación del país”, un clásico de la ciencia ficción occidental, H. G. Wells, lo llamó “el soñador del Kremlin”.

Por su óptima gestión, explotación confiable, eficiencia económica, y base tecnológica, el sistema eléctrico de Rusia hasta la fecha no tienen análogos en el mundo. Fue conformándose durante casi siete décadas, desde el plan leninista de electrificación de Rusia, la construcción de las gigantes hidroeléctricas, las primeras centrales atómicas, y el tendido de miles de kilómetros de cables de alta tensión para transportar electricidad desde Siberia a Europa Oriental, hasta la creación del Centro Único de Mando y Control de todo el sistema eléctrico. El sistema fue concebido y creado tomando en cuenta la necesidad de transportar y transmitir electricidad a grandes distancias, a fin de cubrir las oscilaciones en la demanda de electricidad conforme se desplazaba el día por cada uno de los husos horarios del inmenso territorio de la Unión Soviética. El sistema único energético de la URSS fue proyectado y se fue construyendo como un sistema post-industrial, incompatible con la autorregulación mercantil, sino exclusivamente para su gestión racional y centralizada, no sólo a escala estatal, sino supranacional; es decir, de todos los países que conformaban el Pacto de Varsovia. Como prueba de su eficiencia económica y confiabilidad, basta señalar que, mientras en Estados Unidos los múltiples sistemas eléctricos mantienen hasta un 30% de sus capacidades como reservas para situaciones de fallas, en la URSS era suficiente con 5%, gracias a las posibilidades que el sistema ofrecía de transmitir el excedente de electricidad en una región a otra deficitaria en horas pico. Además, el sistema eléctrico unificado permitía explotar al máximo las plantas generadoras de electricidad con más bajo costo, mientras que las termoeléctricas jugaban en esencia un papel complementario, haciendo el sistema más eficiente que cualquier otro en el mundo. En los 80s el costo de producción de un Kw en la URSS era de 1.82 centavos de dólar en una termoeléctrica, de 1.35 en una núcleo-eléctrica, y de sólo 0.20 en las hidroeléctricas. Estas últimas generaban ganancias anuales de 3.5 mil mdd. Estas ganancias eran la fuente de las inversiones constantes que se realizaban año con año en la modernización y expansión del sistema. Así, junto con el sector de defensa, el sector eléctrico jugaba el papel de locomotora del crecimiento en sectores tecnológicos claves de la economía soviética. En resumen: Rusia heredó de la URSS no sólo un sistema eléctrico tecnológicamente de avanzada, sino también financieramente sano.([*])

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La desintegración de la URSS representó el primer golpe al sistema eléctrico: al quedar en nuevos países soberanos una parte considerable de la capacidad de generación, al cercenarse segmentos magistrales de las líneas de transmisión en Kazajstán, los enormes ramales de la red de toda Asia Central, de Transcaucasia, y las repúblicas soviéticas europeas. En 1992, como resultado de las reformas de “transición a la economía de mercado”, el sistema eléctrico de Rusia fue reorganizado en tres niveles: a) federal, en la Sociedad Accionaría de Electricidad (SAE); b) regional, en 72 sociedades accionarías energéticas; y c) Rosenergoatom -el consorcio estatal que agrupa todas las plantas núcleo-eléctricas. La SAE controla la mayor parte de la infraestructura de importancia ínter-sistémica: la mayoría de las grandes termoeléctricas e hidroeléctricas, la red de cables de alta tensión (de 300 y más Kw), que vincula la red del sistema, así como el Centro Único de Mando y Control. La capacidad total de las plantas que controla este consorcio es mayor a 600 mil millones de Kwh, equivalente a dos terceras partes de la capacidad total instalada de las termoeléctricas e hidroeléctricas. Sin embargo, buena parte de los bienes de capital deben ser reemplazados, debido a que ya agotaron y hasta rebasaron el periodo de servicio para el que fueron fabricados: sólo por esta razón en 2005 dejarán de generar 80 millones de Kwh (el 37% en relación con 1997), mientras que en 2010 serán ya 108-113 millones de Kwh (50-52%). También se estima que aproximadamente el 40% de las instalaciones y líneas magistrales de alta tensión que transmiten la electricidad a miles de kilómetros requieren ser renovadas. La condición del equipo de mando y control del sistema es tal que, ya para 1996, el 20% del tiempo calendarizado de servicio estuvo trabajando a una frecuencia de 49.8 hertz, lo cual implica un serio perjuicio a los consumidores por la calidad del servicio.

Las sociedades energéticas regionales controlan principalmente aquellas termoeléctricas construidas para el suministro exclusivo a ciudades y regiones de su jurisdicción, así como aquella parte de la red que trabaja exclusivamente para la región. El gobierno federal, por medio de la SAE, aspiraba a mantener su papel rector en estas sociedades regionales a través del control del 49% de acciones, pero el proceso de fragmentación del sistema eléctrico ha sido tal que dos sociedades regionales son totalmente independientes (Irkustk y Tatarstán), mientras que en el resto su participación accionaría oscila entre muy baja hasta su total control. El estado actual de la base técnica de estas sociedades también es muy contrastante, desde el empleo de turbinas y maquinaria con altos índices de rendimiento, hasta el funcionamiento de verdaderas piezas de museo, y secciones de la red en deplorables condiciones.

Rosenergoatom agrupa las 9 plantas núcleo-eléctricas que funcionan en Rusia, y produce el 15% de la electricidad que se genera en el país. A pesar de la suspensión de la construcción de varias plantas, el sector electro-nuclear es el único que mantiene los niveles de generación con que contaba Rusia antes de la desintegración de la URSS (para el año 2000 generaba 130 mil millones de Kwh, en comparación con 128 mil millones Kwh en 1990). A la energía nuclear corresponde más de la mitad del incremento de generación en los últimos tres años. Después de la catástrofe de Chernobil en 1986, el nivel de seguridad se ha incrementado considerablemente: en 7 mil horas de trabajo el índice de suspensiones es de 0.24h, mientras que el nivel medio mundial es de 0.7h, superado sólo por Japón con 0.2h. El Estado todavía mantiene el control de esta rama estratégica, no sólo por su impacto industrial y tecnológico, sino por el bajo costo de producción de electricidad. Pero también padece los efectos de la crisis de pagos, al recibir sólo el 47% de las entregas facturadas de electricidad a la compañía operadora de la red, lo cual impide que se desarrolle con recursos propios. Además, en el programa de desarrollo energético se le ha impuesto un tope de desarrollo muy por debajo de su potencial, como una forma de obligarla a su privatización mediante la venta de acciones.

La primera reorganización coincidió con el periodo de la euforia demencial de saqueo, robo y despilfarro, de una despiadada y salvaje “acumulación originaria” de capital; cuando nadie pensaba en la preservación de las bases de la riqueza nacional (en la amortización de los bienes de capital), mucho menos en su modernización o ampliación. En ausencia casi absoluta de inversiones (en 12 años sólo fueron incorporadas dos grandes plantas generadoras: una hidroeléctrica y una planta nuclear, cuya construcción inició desde la época soviética, mientras que el proyecto del tendido de una nueva línea de alto voltaje desde Siberia no ha sido retomado). El servicio se mantuvo gracias a las enormes reservas del sistema electro-energético, a la reducción significativa de la demanda de electricidad como consecuencia de una caída de la producción industrial sin precedentes en la historia moderna, y al profesionalismo y abnegación de los recursos humanos. Pero durante estos años surgió una recurrente crisis de pagos en el sector que, principalmente en las llamadas regiones deficitarias de energía, condujo a las suspensiones regulares del servicio, inclusive en pleno invierno.

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Actualmente la estructura de la propiedad en el sector eléctrico es inherentemente contradictoria con su base tecnológica: a partir de 1998 el Estado perdió la posibilidad de administrar ese enorme conglomerado debido a que el capital extranjero adquirió el 32% de las acciones (el Banco de Nueva York detentaba en 1999 más del 15%), con el cual tienen la capacidad de bloquear cualquier decisión de la compañía: conforme a los estatutos de la sociedad, el Estado no puede decidir la designación del director general sin la anuencia de los accionistas extranjeros.

En Rusia también se pretende continuar por la senda de la fragmentación del colosal energético, arguyendo la imperiosa necesidad de invertir como mínimo 60 mil mdd para modernizar el sector. Se argumenta que, para incrementar el interés del capital privado, es imprescindible su fragmentación en cientos de compañías estrechamente especializadas como generadoras, distribuidoras, y comercializadoras de electricidad, alrededor de una compañía operadora de la inmensa red eléctrica que se extiende por ese país continente (una vez más aparece el mismo esquema de reforma: un operador independiente al servicio de los intereses privados en los segmentos de producción y comercialización de electricidad). La iniciativa de ley contempla que, a partir de 2006, los segmentos de producción y comercialización serán totalmente “regulados” por el mercado, mientras que el estado mantendrá su papel rector, siendo accionista mayoritario, como operador de la red y del Centro Único de Mando y Control. La realidad del sistema eléctrico de Rusia muestra descarnadamente la absurda quimera de la concurrencia mercantil de las empresas generadoras: no pueden someterse a un mismo rasero las compañías próximas a los grandes centros consumidores y las que no lo están, las pequeñas y grandes generadoras, las estaciones atómicas, las hidroeléctricas y las termoeléctricas, ya que su capacidad competitiva es marcadamente desigual. El actual director de la SAE e inspirador de la reforma del sistema eléctrico, Anatoly Chubais (autor también de la privatización de la propiedad en Rusia, la estafa más grande de toda la historia de la humanidad), al asumir dicho cargo en 1998 declaró que debido a las deudas acumuladas, el valor de mercado era de tan sólo 70 mil mdd (¡con todo y las grandes hidroeléctricas, red de transmisión y del Centro Único de Mando y Control, etc.!).
Pareciera que, con un exacerbado complejo de Edipo, la actual generación de reformadores en Rusia se empeña en destruir a toda costa el legado de sus antecesores: si para Lenin el socialismo era el poder soviético más la electrificación de todo el país”; para sus “descendientes”, el capitalismo es igual al poder de los oligarcas menos la electrificación de las regiones industrialmente desarrolladas de Rusia. Con un resultado a la vista: la desindustrialización de Rusia y su conversión en abastecedor de materia primas de los países desarrollados.

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El patrimonio colectivo de las naciones se defiende o se pierde

[*] Como otra prueba fehaciente del adelanto visionario del sistema eléctrico de la URSS, basta señalar que, a raíz de las recientes fallas eléctricas que se han suscitado en varios países europeos, Jorge Vasconcelos, Presidente del Consejo de Reguladores Europeos, anunció en octubre pasado que la Unión Europea resolvió crear un Centro Unificado de Mando y Control para operar todos los sistemas eléctricos nacionales.
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